Archive for the ‘Escritos para mujeres’ Category

Post Mortem

Posted: August 26, 2010 in Escritos para mujeres

No fue el tiempo lo que nos mató
ni la distancia quien logró apagarnos;
no fueron diferencias irreconciliables,
no podía haberlas donde no existieron semejanzas.

La desesperanza se invitó sola
no se anunció al cruzar la puerta;
una mañana me desperté y te habías ido,
pero hacía años que ya no estabas.

2003

Rocanroler…

Osada transeúnte entre dimensiones,
escultora de sueños inverosímiles,
urdidora de letras invisibles, invencibles.

Protagonista de historias que no sospechas.

Rocanroler…

Emperatriz de tierras dolorosamente lejanas,
domadora de salvajes quimeras,
habitante de los astros, inalcanzable.

Caminas sobre aguas que el hombre no imagina.

Roncanroler…

Celosa guardiana de recuerdos prohibidos,
forjadora de pasiones indomables, indecibles,
curtidora de corazones caprichosos, frágiles.

Absurdo contemplar tu huella sin perseguir tras ella.

Roncanroler…

Alquimista de emociones que no te pertenecen,
redentora de hadas atrapadas en pesadillas,
enmendadora de sentimientos desahuciados.

Conviertes lágrimas en radiantes esmeraldas.

Roncanroler…

Autora de secretos sagrados, te escondes, te ríes, regresas
bendita entre decadencias inexorables, ¿dónde estás?
Etérea, caes, te transformas, renaces…

Y vuelas lejos una vez más.

Escrito para una muy buena amiga cuya manera de redactar me arrebataba el aliento y cuya manera de pensar me ponía a analizar mis propias formas de ver la vida. Para ti, Morochis hermosa.

Fragmento

Posted: October 23, 2009 in Escritos para mujeres

[…]

Había oído la canción antes, quizás docenas de veces pero nunca la había escuchado, no con el detenimiento con el que pude digerirla en la lentitud que dominaba todo a comparación de la velocidad con la que corría mi corazón.

El coro iba algo así como “las estrellas están brillando como diamantes rebeldes que se desprenden del sol”. Rayaría en la ridiculez decir que ella era el sol y que sus ojos eran las estrellas, pero pecaría de omisión si negara que eso fue preciso lo que sentí.

Nunca antes me pareció nada tan real como el miedo que trepaba por mi espina dorsal ni tampoco nada me asustó tanto como la inmovilidad que se apoderó de cada parte de mí; cerrando mis pulmones, arrebatándome el oxígeno.

La música seguía pero no podía escucharla, sólo podía sentirla dominándome; enajenando mis pensamientos, produciendo imágenes involuntarias, inaceptables, imposibles.

“¿Puedes leer mi mente?” era la segunda parte del coro y yo quería creer que eso era lo que sus ojos me preguntaban secretamente. “No, no puedo” pensaba “no, no puedo, pero cómo desearía hacerlo”.

Cuando los papelitos plateados comenzaron a caer en derredor nuestro, quise ver señales, destino, karma; quise creer que la canción, el ambiente y sus ojos estaban pidiendo a gritos que de una vez por todas saltara a ese abismo que hacía tiempo quería tragarme.

Tres minutos con once segundos y sus ojos no se habían apartado de los míos; tres con doce y su sonrisa no desaparecía. Los papelitos seguían cayendo; pegándoseme en los brazos, enredándose en sus cabellos disparejos que apuntaban en todas direcciones.

Era tal mi grado de parálisis, que al querer acercarme, todas mis fuerzas no bastaron para moverme ni un solo centímetro. La canción alcanzó su clímax, me quedaban pocos segundos. Ahora o nunca. Ahora o nunca. Ahora o nunca.

Cuando las agallas alcanzaron por fin a la fuerza bruta, mi cuerpo salió disparado hacia el suyo, casi tumbándola sobre su espalda. Sus brazos me rodearon más por impulso que por deseo.

-¿Estás bien?- su aliento a arándano estaba a sólo unos centímetros de distancia.

No queriendo desaprovechar la inercia que aún me quedaba, me aventuré hacia sus labios sin darme tiempo de escuchar, pensar, o sopesar la situación. Torpe, como fue el movimiento entero, fue también el primer instante del beso que le robé con tanto miedo.

Luego el vacío y el todo se hicieron uno. La música explotó en mi interior, llenándome el pecho de un éxtasis incontenible. Cada poro de mi piel se abrió a la sensibilidad de sus manos, como estirándose para alcanzar un poquito más de su piel tan dulce. Y mis labios… maldito par de locos que cobraron vida propia abrazando a los suyos, comiéndose su aliento, saboreando esa suavidad rosa que mis ojos jamás conocieron antes de que ella llegase a mi vida.

Los papelitos dejaron de caer.
La canción se acabó.

Aún con esa torpe intensidad dominando cada movimiento, me aparté, temblando. Temía tanto a su reacción, que mis ojos se tardaron la eternidad en encontrar los suyos.

-¿Por qué tardaste tanto?- sonrió, complacida y casi orgullosa.

[…]